Página 2 de 2

ACOSTUMBRARSE

“Cuando otras personas esperan de nosotros que seamos como ellos quieren, nos obligan a destruir a la persona que realmente somos” Jim Morrison
¡Cuántas veces al día puede escuchar una madre la frase: Se tiene que acostumbrar! Ayer volvimos a matronatación. En el grupo al que asistimos los bebés van con algún familiar a la clase. En el grupo que estaba a nuestro lado están los de dos años que ya van solos. Ayer había un niño allí de dos añitos. Era el primer día que estaba en ese grupo, sin su mamá. Se pasó toda la clase llorando y gritando ¡mamaaaá! Lo estaba pasando realmente mal. No quería meterse en el agua y estaba ya mojado y temblaba de frío. La monitora medio que se reía de él, medio que le regañaba por llorar. Y a mí, que tengo ese don de empatizar hasta el extremo, se me estaba revolviendo todo así que me acerqué educadamente a su monitora y le dije, pobrecito, que venga su madre a por él ¿no? NOOO me dijo, SE TIENE QUE ACOSTUMBRAR.
¿Acostumbrarse a qué exactamente? Me pregunto yo. ¿Acostumbrarse a que da igual que sientas miedo o frío o que necesites a mamá, porque no va a venir? ¿Acostumbrarte quizá a que en los momentos que más necesitas a tu referente no esté? ¿Acostumbrarte a que la vida es dura? Esto lo oigo tantas veces como la frase de: Se tiene que acostumbrar.
Se que estas respuestas en general son expresadas fruto del miedo. Pero no entiendo a qué exactamente tenemos tanto miedo. En este caso, miedo quizá a que el niño nunca quiera bañarse sin su madre. Pero eso no va a pasar. ¿A qué tarde más en adaptarse?
A los niños se les malacostumbra, cuando se les dan golosinas para merendar todos los días. Se les malacostumbra cuando se les compra juguetes para cubrir el tiempo que no estamos con ellos, se les malacostumbra a los gritos y a las humillaciones pero nunca vamos a malacostumbrar a un niño por darle cariño y responder a sus necesidades. A eso es a lo que sí se tienen que acostumbrar.
Un bebé no se tiene que acostumbrar a que no le cojan. Es más cómodo para nosotros que esté sin molestar en una hamaca pero no es mejor. No se tiene que acostumbrar a dormir solo. Llegara el día que quiera hacerlo. No hay niños de 18 años durmiendo con sus padres. Es más cómodo para nosotros que lo hagan desde los seis meses, pero no es mejor.
Un niño no se tiene que acostumbrar a llorar y que nadie le haga caso. Porque como se acostumbre, significa que habrá normalizado que sus necesidades no son importantes. Que no merece ser atendido ni consolado. Que no merece atención. En definitiva que no vale nada.
Porque esos niños serán el día de mañana, esos adolescentes y adultos que se miran al espejo y no se gustan, que no confían en sus posibilidades. Que no se quieren. Y nos echaremos las manos a la cabeza y no sabremos de donde vienen esas inseguridades y esa baja autoestima. Y quizá, ya sea tarde.

EL VESTUARIO

«Ser disciplinado como esclavo crea el temperamento esperado de esclavos… Golpear a los niños y aplicarles otros tipos de castigo corporal no es la herramienta apropiada para quien busca formar hombres inteligentes, buenos y sabios» John Locke

Ayer estuve en la piscina con mi bebé. Hemos empezado matronatación y es cierto, que el momento vestuario con un niño, con el calor que hace allí, es toda una aventura. Entiendo el estrés. Entiendo las prisas. Puedo entender el cabreo. Pero no puedo entender pegar a un hijo.
Cuando entras en el mundo de la crianza respetuosa, pasa como cuando te vas a comprar un coche y lo ves por todos lados, o te enteras de que estás embarazada y no haces más que ver carritos de bebé. Comienzas a ver violencia por todas partes y cosas que antes normalizabas, y no te producían nada, ahora te duelen profundamente.
Había en el vestuario una mamá desesperada. Tenía dos niños. Uno tendría cinco años y el otro dos, mas o menos. El mayor venía del agua, y la mamá estaba intentando vestirlo mientras se resistía y quería salir corriendo.
La madre no paraba de gritar: Que pares, que te estés quieto, fatal, te vas a quedar sin merendar, eres malo, me tienes harta… Solo se le oía a ella en todo el vestuario. Realmente no podía más.
El pequeño le contestaba: Tú si que eres mala mamá, fatal tú. Yo no podía dejar de mirar la escena mientras me vestía. Pensaba, ¿no se supone que llevamos a los peques a la piscina para disfrutar? Esto es una lucha. Los dos lo están pasando mal. ¿Qué necesidad?
De repente oigo unas risas. El pequeño se había escapado y se había metido bajo el agua de la ducha vestido. Un grito, dos azotes en el culo, uno a cada uno. Y los dos comienzan a llorar desconsolados.
Me quedé bloqueada. Sentí lástima. Un niño no merece que le peguen por jugar, por mojarse, por ser niño. No merece que le peguen nunca. Quise decirle a la madre que no se pega. Además de que no se puede. Pero, ¿quién soy yo para meterme en cómo educa cada uno a sus hijos?
Después en casa, dándole vueltas pensé en lo ocurrido. En qué quizá sí deberíamos meternos, igual que nos meteríamos si un hombre está pegando a una mujer. Porque sino, ¿quién los va a proteger? Y a la vez pensaba en esa madre. Que es presa de su cansancio y de su ira. Que quiere a sus hijos más que a nada en el mundo y aún así no tiene herramientas ni estrategias para hacerlo de otra forma y tiene que pegarles. Sentí lástima por ella también.
Y en ese círculo vicioso me he quedado dando vueltas, por si me vuelve a pasar. Y otra vez no sabría como actuar. No sabría si mirar al niño a los ojos y decirle que no merece que nadie le haga daño. Si mirar a la madre y decirle que entiendo lo agotador que debe ser ir a la piscina con dos niños tan pequeños. O no hacer nada porque ya se sabe, no hay que meterse en la vida de los demás.